Reproduzco literalmente el artículo de opinión del GSIA (Grupo de Sociología de la Infancia y Adolescencia) publicado en el núm. 7 abril, de su boletín de información1. Asociación Grupo de Sociología de la Infancia y la Adolescencia (GSIA).Destaco en negrita aspectos relevantes sobre los que conviene repensar nuestra visión de estas personas que, por ser menores de edad, parecen ser condenados a una consideración como objetos en el ejercicio de sus derechos de ciudadanía hasta que cumplan 18 años y, aún así, también lo seguirán siendo desde nuestro particular y parcial juicio por su condición de jóvenes.
A este respecto, quienes nos consideramos adultos, también tenemos que madurar y especialmente hacer un ejercicio de empatía sobre quienes no son tan distintos a lo que fuimos con sus mismas edades. El tiempo no debe hacernos olvidar nuestra propia historia.
Entre el recelo y la desconfianza
"Los nuevos Estudios de Infancia, desarrollados en los últimos 20 o 30 años, si algo han demostrado, es que el significado de la infancia, así como el de la adolescencia, varía de acuerdo con el lugar y la época histórica en la que ocurren tales fenómenos sociales.
De este modo, tanto la experiencia de “ser y vivir” de los adolescentes, como las percepciones adultas sobre ellos, cambian según la influencia de factores culturales, sistemas de creencias y formas de pensamiento dominantes. Este conjunto de factores constituye el imaginario social (socialmente compartido) de una etapa vital compleja, a la que se atribuyen ciertas características que vienen a funcionar como profecías autocumplidas.
Se trata de atribuciones basadas en estereotipos que, a pesar de los cambios relacionales que han traído los nuevos espacios de interacción y comunicación social, se mantienen en su esencia en un continuo temporal: se sostiene que las personas adolescentes son menos maduras que las personas adultas, son irreflexivas respecto a las consecuencias de sus actos, y se muestran desafiantes ante el orden social construido desde el pensamiento adulto. A la vez, ciertos espacios de interacción propios de ellas y ellos se vinculan con conductas conflictivas. Podemos pensar en ejemplos del tipo juegos de rol, grupos juveniles relacionados con gustos musicales, estética, cómics, etc. En definitiva, no es nuevo que se atribuyan conductas de adolescentes como “distintas”, del mundo adulto, y por ello, opuestas y desafiantes. Pero lo paradójico en este pensamiento atribucional, es que los ahora adultos, que fueron adolescentes, acaban construyendo una misma línea de pensamiento que reproduce las dinámicas de generación en generación. Es decir, se perpetúa una dinámica intergeneracional basada en estructuras de poder que sitúa a la persona adulta en una posición de superioridad que juzga negativamente el comportamiento y las dinámicas relacionales entre adolescentes.
Esta construcción del “ser adolescente” se basa en lo anecdótico, en lo que genera impacto, en aquello que confirma las expectativas previas. Es preciso admitir, en consecuencia, que la forma de concebir qué es ser adolescente resulta, en el mejor de los casos, incompleta; y en el peor de ellos prejuiciosa y dominada por un pensamiento adultista que conlleva la limitación de la expresión genuina de la adolescencia, desde la vivencia de las propias personas que la habitan.
Esto abre un debate entre el “ser” atribuido que establece la sociedad, y la voz propia de los protagonistas que experimentan su desenvolvimiento vital, lo que en muchos casos provoca choques por la imposición de decisiones del ámbito adulto sobre las formas de vida e interacción de las personas adolescentes. Y estos choques generan una respuesta que se identifica como desafiante y desobediente por parte de las y los adolescentes.
Los medios de comunicación contribuyen a consolidar esta imagen social de la adolescencia.
Este hecho es notorio para quienes somos lectores y analistas de las informaciones semanales que se publican y difunden a través de los distintos medios de comunicación o de las redes sociales. Basta hacer un repaso por noticias, reportajes, entrevistas atribuidas a expertos, citas extraídas del más variado tipo de investigaciones o estudios, comentarios y hasta debates en torno a películas o series de moda, etc., etc., para observar cómo esa imagen social, recelosa y desconfiada sobre la adolescencia se produce y reproduce. De este modo, el conocimiento de las conductas y los malestares de las y los adolescentes, es un conocimiento distante, mediado por el juicio de quienes pretenden (o pretendemos) saber de “su ser” más que ellos mismos.
Frente a ello, los mensajes positivos tienen menor presencia y más escasa difusión. Sin embargo, pensando en las personas adolescentes que conocemos o con las que tenemos ocasión de relacionarnos, no nos resultaría difícil identificarnos con la visión presentada por el Comité de los Derechos del Niño, en su observación general número 20,Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales. cuando afirma que los y las adolescentes son, en primer lugar, agentes de cambio que contribuyen positivamente a sus familias, comunidades y países. En segundo lugar, el Comité apunta a que el potencial de los adolescentes está muy restringido por inacción y los imaginarios sociales que no respetan ni valoran su dignidad y capacidad de acción. Y, en tercer lugar, este Comité advierte de que esta visión sobre la adolescencia tiene efectos sobre el desarrollo personal y social de las personas en esta etapa.
Por su rareza, merece la pena destacar aquellas ocasiones en las que la voz de los protagonistas de la noticia forma parte de la propia pieza de información. Cuesta trabajo encontrarlas, pero en el último mes hemos podido identificar algunas. Por ejemplo, varios medios se han hecho eco de una muestra colectiva de imágenes y sonidos que se expone en Barcelona, en la que han participado más de 300 adolescentes, explorando la cotidianidad y los modos de mirarse y pensarse una generación que está dejando la adolescencia.Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB).
El acceso y el uso de las tecnologías por parte de los más jóvenes constituye uno de los motivos de preocupación más fuerte en la actualidad por parte de instituciones, progenitores y ciudadanía en general, pero ¿cómo lo ven ellas y ellos? Algunos medios han tratado de aproximarse a conocerlo, preguntándoles, por ejemplo, por su acceso a la pornografía, por los códigos que utilizan en sus comunicaciones y sus aplicaciones preferidas, por los recuerdos de un pasado muy reciente sin normas digitales, o por su propia emancipación de las plataformas.
Nuestra reflexión de este mes sobre los imaginarios sociales sobre la adolescencia no termina aquí, sino que tiene continuidad en la celebración de nuestra XI Jornada anual, donde pretendemos romper la inercia circular que retroalimenta un imaginario social construido desde una perspectiva adulta, por medio del diálogo entre personas adolescentes y adultas."