A partir de los dos párrafos que reproduzco del artículo de Enrique Dans1 podemos parar un poco y pensar para poner las cosas en su verdadero lugar porque tengo la sensación que van a conseguir enredarnos y hacer perder la perspectiva.
Desde que en otoño de 2023 comencé a involucrarme en la divulgación y educación a través de charlas y talleres con familias tanto en centros educativos como en otros espacios públicos y sociales, los temas y las respuestas relacionadas con el acceso prematuro y no acompañado al smartphone por parte de nuestros hijos e hijas y de los de otras, parece que han cambiado mucho aunque tengo la sensación que solo aparentemente.
Es verdad que se ha producido una evolución en estos tres años, también en el contexto, al albur de explosión de la IA, pero en lo sustancial estoy convencido que los cambios no están significando una respuesta mejor, mas bien lo contrario. Estamos casi, casi, donde estábamos a nivel general salvo aquellas familias que se han implicado y comprometido con otras en abordar esto de manera algo más responsable y al margen de respuestas individuales e individualizantes.
Ese individualismo rampante es uno de los orígenes del problema y una de las condiciones necesarias para que no se resuelva en favor nuestro sino de las tecnológicas, que es lo que les interesa porque esa es la base de su actividad extractiva y monetizadora, que no creadora de riqueza y bienestar.
Todo parece cambiar pero lo que hay es una mayor complejidad del problema. Aumentan las dificultades para comprender el entramado del nuevo entorno digital que nos envuelve, hay un mayor número de caballos de Troya, papel que no pocas ni irrelevantes organizaciones y fundaciones han aceptado desempeñar con propósito de promover en la sociedad el discurso del poder tecnológico, eso si, con todos los disfraces que socialmente son aceptados y un poquito de bálsamo para suavizar el trago de semejantes alianzas.
¿Qué decir de los poderes legislativos?
Partamos desde la más famosa metedura de pata de la exministra de Educación, Pilar Alegría, cuando dijo que "(...)no se le pueden poner puertas al campo (...)"2.
Hay quienes se muestran lamentablemente imprudentes y no les da pudor en mostrar su ignorancia y falta de reflexión. Esto es un problema, no tanto porque no diga nada bueno de ellos, sino porque han dejado de ser lapsus y se ha convertido en algo tan habitual que empieza a pasar desapercibido en la mezcla de bulos, noticias falsas y sobreinformación.
Pero este es otro problema, aunque está muy relacionado con las redes sociales como fuente de desinformación y manipulación. Modelo que está siendo imitado por ciertos medios de comunicación "tradicionales". La feroz competencia por la publicacidad obliga, ¿obliga?
Se han ido sucediendo muchas y muy variadas declaraciones y compromisos que invitaban a pensar que algo se estaba moviendo.
Siendo honestos, sí empezaba a haber movimientos, pero ya venían de muy atrás, solo que el debate y preocupación social obligó a hablar de ellos. Sin embargo, tanto en lo que se refiere a la normativa estatal (que tiene su origen en los movimientos en la UE) como en la autonómica (Comunidad de Madrid), relativa a la convivencia en los centros docentes, he contabilizado a lo largo de estos tres cursos escolares al menos tres intervenciones públicas, de cada una de ambas administraciones, hablando de lo mismo pero pareciendo que había algo nuevo. A esto es a lo que me refiero con la sobreinformación o los bulos. Hablar varias veces de lo mismo pero con otras palabras, como si los hechos fueran diferentes.
Estas declaraciones y aparentes compromisos solemnes tienen su razón de ser y sus efectos: hacernos creer tanto que se "preocupan" por el problema como que, cuando todo esté ya legislado (aunque no se qué es "todo"), este estará resuelto y bajo la vigilancia de la autoridad competente.
¿Qué decir de las familias?
El problema seguirá, habrá más legislación, que desde luego en algo podrá contribuir, pero la solución no está única y exclusivamente ahí. El sistema democracia no funciona por delegación, no es votar o cambiar el voto cada cuatro años y que sean otros u otras -así tenemos a alguien a quien echar la culpa eximiéndonos de nuestras responsabilidades- los que hagan.
¿Y qué hacemos mientras tanto?, ¿seguimos regalando y comprando el smartphone a niños y niñas a los que ni la escuela ni nosotros vamos a poder acompañar?
Los compromisos para cambiar las cosas, las dinámicas familiares en relación con nuestro propio entorno digital familiar y la posición crítica al analizar la realidad, también por parte de la escuela y el profesorado, deben actualizarse y estar en permanente revisión.
La callada por respuesta es lo más parecido a los brazos caídos y, cuando esto sucede, alguien acabará ganando la partida, y no serán precisamente nuestros hijos e hijas.
Aquí están los dos párrafos de Enrique Dans y el acceso a su publicación que espero os inviten a leer el artículo completo en el blog de Enrique Dans, profesor de Innovación en IE Business School:
(...) El problema no son los adolescentes. Los adolescentes son, como mucho, el grupo en el que la enfermedad se manifiesta de forma más visible, más dramática y más incómoda para las familias. Pero la enfermedad es otra: un modelo industrial de extracción de atención basado en vigilancia masiva, perfilado psicológico, publicidad hipersegmentada y diseño adictivo. Un modelo que no pregunta cómo conectar mejor a las personas, sino cómo mantenerlas más tiempo mirando una pantalla, más irritadas, más polarizadas, más ansiosas, más predecibles y, sobre todo, más monetizables.
Por eso prohibir el acceso de los menores es una salida tramposa. Permite a los políticos decir «hemos hecho algo» y buscar el aplauso fácil y populista de los ignorantes, sin enfrentarse al núcleo del problema: unas plataformas que no deberían poder operar así ni para un niño de trece años, ni para un adulto de cuarenta, ni para un jubilado de setenta. ¿O acaso la polarización política, la desinformación, las teorías conspiranoicas, la crispación social, la manipulación electoral o la degradación sistemática de la conversación pública son patologías adolescentes? No: son síntomas sociales de una infraestructura diseñada para maximizar el tiempo de exposición y la reacción emocional. (...)